jueves, septiembre 01, 2011

Maria de los Angeles

La conversación fluía bien en aquél bar de tierras sureñas. Recordamos cuando jugábamos a construir fuertes bajo la mesa del comedor, escondiendo los juguetes de María. Pelear hasta el cansancio en la cama de mis padres. Espantar los jotes a la belleza de mi hermana. En la mesa a nuestro lado, una pelea nos distrae, el estrés que respiramos día a día en la capital nos regresa. Paramos y sentimos el vacío en el tercer asiento. Como una ilusión, su presencia y amor que nunca sentimos, se desvaneció lentamente, aceptando que cuando ella abrió los ojos y vió que no pertenecía a este mundo siguió su camino hacia los ángeles.

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